MONTES DE VIERRU, MAJADA DE TORDÍN Y CANAL DE TAMBRÍN
Por Antonio Sísifo
Altura de partida: 128 m. Máxima altura: 1231 m.
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En torno al triple macizo, pétreo y desolado, de Picos, existe un cinturón verde y húmedo que incita a ser recorrido y disfrutado en cualquier época, pero sobre todo en otoño, cuando la marchitez de las hojas de las hayas o los robles convierten al bosque en un espectáculo de policromía. Un momento ideal para cambiar el desamparo grisáceo de las llambrias y las crestas por la frondosidad de los bosques; la aridez de los lapiaces por la sinfonía vital de las riegas; el deslizadero de los pedreros por el de las canales herbosas. Y un momento, también, para palpar de cerca los últimos reductos de un modo pastoril de vida que humanizó montes, gargantas y torrenteras.
Hay una multitud de rutas posibles que surcan ese cinturón verde, esculpido por las aguas que escapan de las entrañas karstificadas del macizo para formar riegas, cascadas y barrancos. Menos complaciente para el orgullo que sus cumbres, la resistencia al tránsito que se puede encontrar en alguno de sus “bajorrelieves” poco tiene que envidiar al que se suele encontrar por las alturas.
Aún me queda mucho por conocer de ese microcosmos, pero puedo hablaros de una de esas rutas, concebida como un circuito desde Arenas de Cabrales, y animaros a recorrerla en el otoño. Me parece de dificultad media. Quizás, media-alta para el senderista y media-baja para el montañero. Sólo requiere precaución y atención en los inicios del vertiginoso descenso por la canal de Tambrín.
Como han pasado entre uno y dos años desde la última vez que anduve por ella, no recuerdo bien algunos detalles, sobre todo el sentido de las direcciones. Por eso pido prudencia al leer la ruta en sus tramos menos claros y disculpas si hubiera alguna imprecisión o error.
Para comenzar la ruta se puede dejar el coche en los aparcamientos del hotel o la gasolinera que están a las afueras de Arenas, en dirección Panes y después del cámping. Desde ahí, hay que andar por la carretera unos dos kilómetros hasta encontrar un inequívoco sendero a la derecha. El sendero asciende suavemente a la sombra de un bosque todavía débil. Sin apenas variar la dirección nos lleva a una especie de collado con una cabaña. Es la cabaña de La Pernal. Mirando hacia la derecha se ve la inclinada canal por donde podremos regresar a ese mismo punto. Es la canal de Tambrín.
Pasada la portilla de la cabaña, se toma otro sendero terroso que nos lleva hacia el tupido bosque que remonta las laderas de Vierru. Hay que desechar algunos ramales que invitan al descenso o el ascenso, para no perder la dirección ¿sureste? del corazón del bosque. A veces se sube levemente; otras se baja; y entretanto atravesamos bucólicas riegas por rústicos puentes y nos dejamos encantar por el rumor de las pequeñas cascadas. En ese punto, es probable que el bosque nos atrape con sus sonidos y sus sensaciones. Al poco de que el camino empiece a empinarse, nos topamos con unos violentos argayos que han destrozado el viejo camino. Por ese motivo, hemos de cruzar la riega a nuestra izquierda para encontrar fácilmente el sendero que le ha sustituido. Éste se va haciendo cada vez más pindio, hasta salir al terreno despejado de las praderías y las cabañas de Vierru. Hermoso y placentero lugar, con una copiosa fuente junto a la cabaña próxima al collado que descubre las masas boscosas de Collantes o La Redondina. Sin embargo, lo que más sorprende en Vierru es la decisión de dos pastores hermanos para seguir pasando allí su vida.
Hay que subir y dejar atrás la cabaña vividora, la casa de Manuel y Fernando, para encontrar el camino que nos lleva hacia el Monte la Tabla. Con ello, el sentido de la marcha ha girado ¿hacia el sur?. En mi primera y solitaria visita a estos parajes tuve la suerte de la compañía y animada charla de Fernando, aunque su raudal forma de andar entre las hayas casi consiguiese asfixiarme. De él supe que debía subir todos los días a Tordín para proteger a sus rebaños de los lobos, bajo cuyas fauces habían muerto en primavera seis de sus ovejas. Con él fui remontando el sendero que ahora sube en fuerte pendiente hasta una pequeña vega donde se difumina. Es la vega de Tenebreu. La salida de la vega se encuentra a la derecha. A partir de ahí, el camino va poco a poco girando otra vez hacia ¿el sureste?, suaviza su pendiente y se convierte en una trama de veredas entre las brañas, pero la orientación se va haciendo evidente. Si no abandonamos el sentido principal de la marcha y buscamos la parte alta que queda entre dos lomas, saldremos sobre la bellísima majada de Tordín tras haber hecho contacto con los lapiaces. Allí, las aguas de una fuente discurren plácidas por la vega hasta ser devoradas por la enorme boca de un sumidero. Si nos elevamos sobre la majada en dirección a Tielve, podremos embelasarnos con una espléndida panorámica de los tres macizos presidida por el Picu desde el macizo central.
Reposado el ánimo en Tordín, ahora hay que tomar la dirección contraria de Tielve, la de Arenas de Cabrales. El sendero es muy claro y está balizado. Tiende a tirarse hacia la derecha, llevándonos en suaves desniveles por una especie de meseta kárstica, salpicada de pequeñas depresiones y alfombrada de brañas y praderas silvestres. El camino evita los lapiaces y busca dos majadas casi continuas, Humardo de arriba y de abajo. La segunda esconde pequeñas cabañas derruidas junto a la pared de una hondonada. El camino sale por su derecha e inicia un descenso, torneando hasta caer sobre la majada de Tambrín.
En ese punto hay que echarse por completo a la derecha en un giro de casi 90 grados, como renegando de ir hacia Arenas. Atravesamos la vega dejando atrás las cabañas, para buscar la colladina bajo la que cae la canal. Estamos en la zona donde hay que poner precaución para no resbalar por la inclinadísima pendiente, y atención para dar con el paso correcto. No me parece recomendable con la hierba mojada. El brusco descenso se inicia tras pasar el cierre de la pradera, siguiendo un sedo que dibuja una ese, primero hacia la izquierda y luego a la derecha. Se trata de evitar la caída al eje de la canal y de pegarse a las peñas que flanquean la canal por su lado izquierdo. Cuando hayamos traspuesto un hombro herboso, siempre con tendencia a la izquierda, la dificultad disminuye. Al poco daremos con un sendero ya evidente, en paralelo a un pedrero por el que también podríamos descender. La pindia cuesta aún castigará un rato nuestras rodillas, pero la bondad del terreno y la protección de las hayas nos permitirán disfrutar de nuestro nuevo encuentro con la cabaña de La Pernal.
Si no quisiéramos descender por Tambrín, existe una alternativa fácil y muy conocida de los senderistas. Se trata de seguir, con atención, el sendero balizado que tornea en a través de Tambrín para tomar contacto con la calzada de Caoro e iniciar un largo, pero cómodo descenso hacia Arenas.
Desde La Pernal tenemos dos opciones. Una, fácil, es volver por donde vinimos. Otra, compleja, es retomar el sendero de Vierru para dejarlo al poco y bajar por la izquierda a buscar el paso de la riega y la imponente cascada del El Salto del Caleyu. Desde este punto se puede ganar la carretera de Arenas en el lugar conocido como Pontigo Miñances. En este caso, una opción de descenso pasa por el acrobático paso de El Escobio, un área cornisa que salva la cascada del río Miñances, que obliga a la trepada y al paso cauto sobre el vacío.
En el conocimiento de esta ruta estoy en deuda con Antonio Fernández Murias y Angel Sánchez Antón. Primero, porque con su guía descendí hace dos años por la canal de Tambrín. Y luego porque son autores del libro donde se describe el resto de la ruta, una pequeñísima parte del exhaustivo estudio del Macizo nororiental de Picos de Europa (editorial Estudio). Allí se dan detalles numerosos para no extraviarse y completar mi descripción.
Ref : Jorge Picallo |